Como canciones
tus palabras el recuerdo
me amanece

viernes, 5 de febrero de 2010

El patio (segunda parte)

Dormitaba apoyada contra la ventanilla, no tenia sueño, y aunque lo tuviera no dormiría, jamás lo pudo hacer en un avión, por muy cómodos que fueran los asientos, por muy relajante que fuera el viaje.

La emoción del despegue, siempre la producía tal excitación, que no miedo, que le impedía dormir durante el viaje.

Era un viaje largo, de vuelta, uno mas, de muchos, todo el mundo le envidaba sus viajes, sobre todo sus amigas del viejo barrio..

Dormitaba, porque así se sentía mas cómoda. Así el silencio era mas soportable, mas excusable.

¿Que le pasaba?, porque sentía esa angustia.

No se puede decir, que no estuviera bien, los últimos tres años, desde el famoso día de la secadora, habían sido geniales, al lado del hombre, que sentado a su lado, leía un libro.

¿Pero porque ahora no podía hablarle?, ¿porque el no le hablaba?.

Al llegar al aeropuerto, la angustia se disolvió, entre recogida de equipajes.

Y al llegar a la aduana, ocurrió

Sin saber porque le pasaron a un cuarto, donde después de una espera que le pareció largisima, entro una mujer, y sin saludarle, ni mirarle siquiera a la cara le dijo que se desnudara, De nada servio pedir explicaciones. ¡Desnúdese! Y deje la ropa en esa silla.

Que humillada se sintió, mientras aquella bruja manoseaba su ropa, con minuciosidad, sin prisa, sin atención a su desnudez, Y para remate, la manoseo a ella, sin dejar ningún pliegue, como no había dejado ninguna costura de su ropa por sobar.

Cuando salio allí estaba él, con la cara demacrada de preocupación

- ¿Qué ha pasado? -
- Nada, vamonos a casa
- ¿Pero que ha pasado? – Volvió a preguntar levantando el tono
- Que nada, vamonos a casa, ¡Ya! Luego te cuento.

De camino a casa en el taxi, silencio otra vez, pero era otro silencio, el la abrazaba. Como le gustaban sus abrazos, que bien le hacían sentir, que segura.

Al llegar a casa le contó, y el estallo en indignación, y le prometió que… bueno a ella no, a el mismo, que la iba liar, que eso no quedaba así.

A ella que la liara o no, le daba igual, pero se sentía bien, al verle tan enfadado, no sabia porque, le hacia sentir bien, estuvieron hablando, mucho tiempo esa tarde.

Durante la semana siguiente la angustia de los últimos meses desapareció. Todos los días cuando el llegaba a casa le hacia un relato de las gestiones, y de la gente con la que había hablado para que la “cosa no quedara así”.
A ella, eso ya, le importaba un pito, pasado el momento de apuro, ya le daba igual, pero le encantaba escucharle. Verle vehemente, activo, orgulloso de su defensa. Le encantaba.

Y entonces entendió, durante esa semana, comprendió su angustia, Durante esa semana, supo lo que les pasaba.

A fuerza de estar juntos, de hacer cosas juntos, de vivir las mismas vidas, las mismas experiencias, se habían disuelto el uno en el otro, ya no tenían experiencias propias, no había intercambio.

Y tomo una decisión

Un día le dijo:

- ¿Porque no volvemos a nuestros antiguos pisos, cada uno al suyo, en el viejo barrio? Con nuestro patio -

El guardo silencio, un momento y respondió:

-Si, yo también echo de menos “nuestro patio”-

-Y podemos hablar por el, como antes – dijo ella riendo abiertamente

Y los dos rieron hasta que en seco el paro y dijo:

- Pero por la noche nos juntamos. ¿No?-
- Eso ni lo dudes – contesto ella con una sonrisa entre picara y burlona, que prometía grandes cosas.

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