Como canciones
tus palabras el recuerdo
me amanece

sábado, 17 de diciembre de 2016

Hacía tiempo que no pasaba por estos pagos de “internete”, y estoy estupefacto, atónito, maravillado, desconcertado, pasmado, sorprendido, patidifuso, boquiabierto, patitieso.
Nada más abrir el invento me aparece una bruja, que dice que si no la comparto en 10 segundos (ignoro en que sentido) voy a tener no se cuantos años de pésima suerte y desgracias. ¿Se pueden compartir las brujas? ¿Y en que sentido? ¿Y si la comparto tengo tributar en el impuesto de donaciones y sucesiones?
No sabía yo que las brujas si no se comparten, trae mala suerte. Si lo sabía de la Legitima (esposa) que si no la compartes te esperan años de agobios, angustias, preocupaciones, opresiones, desazones, zozobras, sofocos, ahogos, fatigas, cansancios, agotamientos, fastidios, molestias, abatimientos, penas, y pesares.
Sigo adelante, descubriendo que Doña Hilaria Clinton es la mismísima virgen o una de las once mil susodichas que junto a santa Úrsula fueron enviadas al martirio de Atila Trump el Huno. Y su marido, Guillermo, es el mismísimo Simeón el Estilita.
Después de esto nuevas dudas, y compartiendo la pregunta del estupendo Jardiel, ¿Hubo alguna vez once mil vírgenes? Y… ¿todas las Ursulinas son vírgenes? Porque me da que no, pero solo desde mi intuición totalmente y seguramente errónea.
Por cierto, nota pedante, Úrsula en latín significa “osita” ¿Hubo alguna vez once mil ositas vírgenes? ¿O es que eran ositas por que no se depilaban? ¿Y por eso eran vírgenes?
Pero volviendo al tema del Huno Trump. Esto pasa por culpa dejar votar al pueblo, que no sabe lo que le conviene, o como decía Don José (Stalin) el pueblo es como los niños que necesitan un padre que les guie, Él, claro.
Ya lo decía la famosa oda revolucionaria “Hola Don Pepito, hola Don José, paso usted por casa, por su casa yo pase…”
Sigo leyendo y…
“La alopecia terminara con el heavy metal”
¡No puedo! ¡mas desgracias no!, es insoportable, comparto la bruja, apago el ordenador, llamo a movistar que me cancelen el patata-movil, y me voy a cavar el huerto, que dicen que si no lo cavas tu, viene otro y te lo cava

viernes, 28 de agosto de 2015


Llamas y estoy fuera
No me llamas y te vengo
No vengo si me llamas
No estoy si vengo

Fuime y me dijiste
No vengas, ya vengo
No estas, me viniste
No llamas, no te tengo

Un vestido rojo, tenías
Llamas, no lo encuentro
De verlo, ganas tenia.
Llamo, estabas dentro

miércoles, 29 de abril de 2015

Genoveva



Su vida siempre discurría igual.
Todas las mañanas de lunes a viernes se levantaba a la misma hora, ponía el café, y se metía en la ducha.
Ya duchada, envuelta en una toalla aun se tomaba el café, solo, sin azúcar.
Se vestía, peinaba, una pequeña reparación facial, hacia la cama,  y a trabajar
Siempre cogía el mismo tren, de la misma hora, y hasta tal punto se volvió cotidiano, que los demás pasajeros le parecían tan familiares como los muebles de su casa y con el mismo aspecto severo
Llegaba  a su trabajo, se sentaba, y colocaba las cosas como a ella le gustaba, siempre en la misma posición, el teléfono, el teclado, los lápices, los papeles, ¡que manía las de la limpieza de moverlo todo!
Y comenzaba a hacer llamadas, apuntando en el ordenador  el resultado de ellas. Y así siete horas, con solo tres paradas, siempre a la misma hora, a las diez y media, a hacer pis, a las once tomaba café, y media hora antes de salir a las tres, volvía a hacer pis.
Del trabajo volvía a casa haciendo las misma cosas que por la mañana, solo que en sentido contrario.
Al llegar a casa se quitaba la ropa del trabajo, se ponía un viejo pantalón de chándal y la camiseta, y si el tiempo era frio, una bata de punto.
Y calentaba la comida que se había preparado la tarde anterior, siempre la misma según el día
Los lunes merluza rebozada, los martes lentejas, los miércoles lomo empanado, etc.
Después de comer preparaba otro café y se sentaba en el sofá a beberlo, mientras miraba un rato la tele.
A media tarde se levantaba del sofá y comenzaba a hacer la comida del día siguiente, así como limpiar la ensalada que cenaba todas las noches.
Cuando ya estaba listo, repasaba algo de la casa que hiciera falta, y se preparaba la ropa del día siguiente, era lo único incierto del día, aunque con el pasar de las semanas, meses, años, también se convirtió en algo cíclico, de manera que cada 15 días repetía
Luego cenaba, la ensalada, viendo otra vez la tele, y un rato mas de sofá, leyendo, o con la tele, dependiendo de la programación
Y a la misma hora, once y media, a la cama.
Y así de lunes a viernes
Los sábados se levantaba un poco mas tarde, pero siempre a la misma hora de los sábados, pero repetía las rutinas de los días laborales, café, ducha, vestirse, solo que ese día siempre se ponía vaqueros.
Limpieza de polvo, suelos, baños, lavadora y cuando terminaba si el tiempo era bueno salía a dar un paseo por el Retiro parándose en cualquier espectáculo que encontrara, y a la vuelta se tomaba un vermut y pedía una ración de calamares, con lo cual ya comía.
Ya fuera por el efecto del vermut o por ser sábado se permitía una siesta, pero nunca mas de una hora, Luego o plancha, o lectura depende de la cantidad de plancha atrasada
A la noche cena, la misma de siempre, tele y a la cama
Los domingos mas o menos lo mismo salvo que en vez de paseo, iba a comer a casa de su hermano, la tarde igual, plancha y preparar la ropa del día siguiente.
Y así durante los últimos 15 años.
El día 16 de marzo del 2010 estando en el trabajo, después del café, se sintió indispuesta, la tripa, y por mas que quiso aguantar, tuvo que decidir irse a casa
Era la primera vez en 15 años que iba a faltar del trabajo. Pero no se encontraba nada bien
Cuando llego fue al baño, y cuando se encontró algo mejor se sentó en el sofá
Entonces la vio, cruzando a toda velocidad su pequeño salón, y metiéndose debajo del aparador
Dio un grito como nunca había hecho
-- ¡Una rata! ¡Una rata en mi casa! –
Se levanto, fue a la cocina, cogió la escoba y se puso a buscarla. Movió muebles, alfombras todo, entre una sensación de asco y miedo. Todo lo movió, pero nada
Ya presa totalmente de nervios, empezó a golpear con la escoba el aparador.
Y entonces la oyó
-- Me quieres dejar en paz, yo a ti no te molesto nunca, es mas si no llegas a venir antes de tiempo ni siquiera me habrías visto, yo nunca te he roído los muebles, ni me he comido tu ropa a pesar de esa falda de lana tan apetitosa que tienes, ni siquiera has visto jamás mis cacas, soy una rata limpia. Yo a ti no te molesto, no me molestes tú a mi –
Se quedo paralizada. Pensó: estoy más enferma de lo que creía, tengo alucinaciones
Se sentó en el sofá y no sabe cómo se quedo dormida
Cuando despertó pensó que todo había sido un sueño, pero el desorden de la casa le decía lo contrario, ya era tarde pero a la mañana siguiente compraría veneno, cepos, o cualquier cosa que fuera letal a las ratas, y tampoco iría a trabajar, por primera vez
Eso hizo, lleno la casa de cepos, veneno, y demás,
Y recupero su rutinaria vida normal
Las trampas y los venenos jamás fueron tocados  así que poco a poco los fue retirando, y pensando que todo fue una alucinación.
Pero algo había cambiado, no dormía, se pasaba horas y horas, en la cama sin dormir atenta a cualquier ruido.
Así que decidió recurrir a las pastillas,
Aunque tardo en tomar la primera un día lo hizo
Durmió.
Y cuando mas plácidamente lo hacia
Oyó:
-- Pss pss, despierta, llegas tarde –
Abrió los ojos y allí estaba, la rata, sentada sobre sus patas traseras, con la cola enrollada sobre ellas y con una manita se rascaba el vientre y la otra la pasaba a modo de limpieza por su rostro y sus largos bigotes.
Volvió a cerrar ojos y al abrirlos un segundo después ya no estaba
Pero al mirar el despertador, ¡leches era de verdad tarde!
Se vistió a toda prisa, se salto todas la rutinas, y hasta casi se pone las bragas del revés
Pero consiguió coger el mismo metro de siempre y llegar a tiempo,  no se sabe para que, porque ese día no pudo trabajar pensando en la rata
Cuando llego a casa de vuelta del trabajo, y pensando que se había vuelto loca, cogió la escoba y empezó a llamar:
-- Rata, rata, ¡Sal! –
Después de repetirlo varias veces, oyó:
-- Tengo nombre ¿sabes? Me llamo Genoveva  - y añadió – y no salgo hasta que no sueltes la escoba
Llevo la escoba a la cocina, y se puso a mirar a donde había surgido la voz
Al poco salió la rata, despacito, mirando a todas partes y sin perder de vista la ruta de escape
-- ¿Que haces en mi casa? – pregunto ya sentada en el sofá
-- Vivo aquí, de siempre – contesto la rata
-- Estoy loca ¿verdad? –
-- Un poco si, pero no por mí, sino por estar tirando tu vida sin alegrías ni alicientes – dijo la rata
-- ¿Qué comes? –
- Pues lo que pillo, aquí poco con tu manía de la limpieza, pero me voy a casa la vecina que menuda guarra es.  ¿Porque me quieres matar? Yo no te he hecho nada, y te tengo la casa limpia de cucas y bichos –
-- ¿Yo matarte? Si soy incapaz de matar una mosca –
-- ¿Así? Y ese veneno y los cepos –
-- Es que me das miedo –
-- Y tu a mi – dijo la rata, ya mas tranquila sentada sobre sus patas traseras
-- Luego quito los cepos –
-- Gracias – dijo la rata y desapareció
Como estaba un poco mareada se durmió en el sofá, y al levantarse quito los cepos, el veneno, y siguió con sus rutinas habituales
Pero ese día durmió plácidamente
Al día siguiente hizo una cosa distinta, antes de irse, cogió un trozo de pan y lo dejo en el suelo de la cocina.
A su vuelta el pan había desaparecido.
Sonrió
Y el dejar un poco de comida todos los días se convirtió en una nueva rutina, un día pan, otro queso, otro fruta, cosas que pensaba ella que le gustarían a Genoveva
Una noche, mientras se disponía a cenar dijo:
-- Genoveva –
-- Genoveva –
- ¿Si? – se oyó detrás del aparador
-- ¿Quieres cenar conmigo? –
-- ¿De verdad? –
-- Si, ¿te gusta la zanahoria? –
-- ¡Si!  Me encanta, pero a mí con las mondas me vale, soy una rata
-- Anda no seas tonta y ven a cenar –
Y en un poco de papel aluminio puso zanahoria rayada
Que la rata empezó a comer con mesura de invitado
Cuando terminaron la rata dijo:
-- ¿Me puedo quedar a ver la tele? Es que solo la oigo todos los días -
-- Claro –
Y allí se quedaron las dos en silencio mirando como Belén Esteban despotricaba no se sabe de que
Cuando llego la hora de acostarse
-- Hasta mañana Genoveva –
-- Hasta mañana Mari Carmen –
Y una partió a la cama y la otra al aparador
Y así fue todas las noches, a veces hablaban
-- Genoveva, ¿Tu has tenido hijos? –
-- ¡Uf! Más de cincuenta y nietos… cientos, pero casi todos estarán muertos ya –
-- ¿Y no te da pena? –
-- No la vida de las ratas es así, ¿y tu porque no has tenido? –
-- No hubo oportunidad, ni encontré con quien –
Y seguían viendo la tele
Un día ella le dijo a la rata mientras cenaban
-- Mañana no salgas a cenar, ya te dejare yo algo luego, es que he conocido un chico y viene a cenar –
-- No te preocupes por mí, las ratas sabemos ser discretas, ¿no le habrás hablado de mí? –
- - No, pensaría que estoy loca
-- Bien –
-- Espero que te vaya muy bien con ese chico, yo desapareceré, pero si alguna vez quieres hablar, o te va mal ya sabes donde estaré.
No se volvieron a ver mas, pero durante los siguientes años, años de felicidad, de rutinas rotas, de cariño y amor con ese chico, siempre siempre dejo comida para su amiga Genoveva, que siempre desaparecía como por arte de magia
Hasta que un día no desapareció, y ese día sintió la pena de quien pierde algo muy suyo, su amiga la rata, la que le hizo ver que la vida no es rutina

martes, 12 de agosto de 2014

Mordor



A su frente estaba la tierra del mal, solo de ella le separaba un leve muro de piedra falsa, a sus espaldas, altos farallones perforados por huecos de los que colgaban los estandartes de los orcos y trasgos que veía poblar apiñados en el espacio existente entre ella, y aquel agua tibia, gris, casi toxica por las sudoraciones aclaradas de las criaturas informes que tenia ante sus ojos.

Busco infructuosamente un hueco por el que pasar entre la maraña de escudos multicolores sobre picas clavadas en la arena, incluso creyó contemplar una cabeza clavada en ellas, pero no tenía miedo, era madre, y las madres no tienen miedo.

Pequeños orcos correteaban entre los escudos, debajo de los cuales dormitaban sus progenitores, exhibiendo sin pudor prominentes barrigas, hirsutas espaldas, pechos caídos, cuerpos aceitados y grasientos. Unos a otros se frotaban ungüentos lechosos, de aspecto seminal, haciendo que sus deformidades brillaran aun más.

Por un momento olvido su misión, y se miro a ella, miro la tela multicolor que cubría sus caderas, hasta justo por encima de sus rodillas, comprobó la colocación correcta de los triángulos de tela negra que protegían y sujetaban sus pechos, y sintió alivio, aun tenían el recuerdo de aquel pasado no muy lejano, anterior a la llegada de los dos seres bajitos que le acompañaban

Pero no, la misión no admitía distracciones, ni autocomplacencia, la misión era lo importante, y nada, ni siquiera su propia autoestima, le haría desistir de ella.

Al fin diviso un paso, era complicado, a la derecha había una enorme orca sentada en una silla baja, a la izquierda, un trasgo de tableta de chocolate y cuerpo depilado,y que le miraba, valorando, le pareció a ella, la fortaleza de las armaduras de su pecho.

¡¿Quién dijo miedo?! Avanzo un pie solo cubierto en su planta por pedazo de goma con pulpos y delfines dibujados en el, de forma infantil.

Al posar el pie en aquellas arenas, sintió que el fuego del infierno se colaba por entre sus dedos, un agudo dolor le recorrió el pie, y la pierna hasta la rodilla. En vez de retirar ese pie poso el otro mientras comprobaba si los pies de sus impacientes criaturas, estaban protegidos contra las ardientes y corrosivas arenas.

Avanzaron unos metros, pero el paso ansiado se cerró justo ante su cara. Un orco sin pelo en la cabeza y enormes manos se planto en él, secándose el agua que le chorreaba, como si fuera la sangre de sus víctimas.
¿Qué hacia ahora? Se encontraban en la tierra de nadie, sobre el fuego de la arena, y solo dos opciones que tomar, a cada cual peor.

Se enfrentaba al orco de las grandes manos, o se desposeía de sus protecciones negras triangulares y le pediría al musculoso trasgo que le dejara un hueco para ella y sus criaturas.

Esta última opción le pareció la mejor, al fin y al cabo las miradas de un trasgo nunca mataron a nadie, por muy babosas y malignas que fueran, y seguro que la cosa no pasaría de allí. Y trasgo seria, si, pero trasgo bien hecho.

Cuando ya tenía el cordón que sujetaban las protecciones entre sus dedos dispuesta a enfrentase a la misión a pecho descubierto. Ocurrió lo inimaginable.

Saliendo de las reverberaciones del aire calentado por infierno amarillo de la arena,

Apareció un hombre, de tez oscura, pelo rizado. Un hombre proveniente de las tierras del ecuatoriales del sur, allende  el toxico mar.

Ese hombre grito una maldición, un aullido que hizo desmoronarse todo plan previo..

-- ¡Bombó helao, bombó helao! -

Todo se descontrolo.

Una de sus criaturas salió corriendo colándose entre la enorme orca, y su pariente calvo.

-- ¡Mama! me voy a bañar – y desapareció entre las informes cantidades de carne de ambos orcos.

La otra criatura, mas pequeña se agarro de su pareo, pidiendo:

-- Mama, quiero un helado –

Con tal fuerza se agarro que lo arranco, provocando una mirada del trasgo hacia el espacio entre sus piernas y su abdomen. Lo cual provoco otra distracción en su pensamiento que pudo ser fatal.

--¿Iré bien depilada? –

Pero aun así podía salvar la misión, llamo de forma amenazante al duende mayor, ignoro a la duende pequeña mientras le asía fuerte de la mano.

Pero, desde el muro que separaba el infierno, del paseo con raquíticas palmeras que jamás conocerían gloria, solo maldad. Otro hombre, el otro responsable de sus criaturas le grito:

- ¡Marian! No bajo a la playa, que me he encontrado a un antiguo compañero de colegio y me voy a tomar algo con el –

Ella le miro, intentando que por sus ojos saliera aquel fuego que brotaba de las arenas, y abrasaba sus pies. 

Pero solo le salió una frase

-- ¡Vete a la mierda! –

Tal fuerza tuvo el grito, que hizo sacar la mirada de la orca ingente de la revista, que hizo que el duende mayor desistiera de su propósito de bautismo mugriento en el mar. 

Cogió ambos duendes de la mano, dio media vuelta y se dirigió de nuevo al paseo.

Ya solo un pensamiento ocupaba su cabeza.

-- Mañana mismo a la Comarca-Madrid, y después al chalet de mi hermano en Rivendell-Galapagar, con su ridícula piscina. Y si hay que aguantar a la puta elfa de mi cuñada, diciendo lo bien que cocina, lo bien que tiene a sus hijos, lo bien que hace la compra y hasta lo bien que folla, ¡se aguanta! Pero nunca más volvería a la tierra de Mordor-Benidorm –

Ni siquiera para salvar el anillo que aún conservaba en su dedo, y que pensaba arrojar este mismo otoño a los fuegos del destino.

Allí sobre la arena, quedo el pareo de tantos colores, comprado con la ilusión de todo un año de unas vacaciones que fueran distintas a lo cotidiano y vulgar de su vida.

Allí quedo para que lo disputaran como hienas la carroña, orcos, trasgos, y demás habitantes de la tierra del mal.

domingo, 27 de julio de 2014

La grieta


Sentado en el bordillo.
Miraba el espacio entre la pared y el suelo. Una esquina rellena de cemento, con marcas de dedos, unos grandes, y otros chiquititos.

Lo miraba como si en ese cemento estuviera grabado el tiempo perdido, como si parte de su fracaso, de su dolor, de su ausencia estuviera escrito en el, en cada marca de sus dedos

Y se acerco una niña

— ¿Qué miras Papa?—le dijo
— Nada –

La niña miro en la misma dirección que el

— ¿Te acuerdas papa cuando rellenamos la grieta? –
— Si, ¡claro! Fue el año pasado – como no se iba a acordar, pensaba que no debió rellenar aquella grieta. Sino otras
— Mira, estos son tus dedos y estos los míos – dijo tocando el cemento – los míos ahora son mas grandes, a ver los tuyos –

Él puso su dedo en las marcas grandes

— Pues los tuyos son iguales, Papa –

El pensó, que ya nada es igual, que daría algo por poder regresar a aquel momento.

— ¿Te acuerdas Papa? Fue el día antes de que te marcharas a ese viaje tan largo, estabas muy raro. Todos estabais raros ¿Te vas a ir mañana? –
—No bichejo, mañana no, aun quedan bastantes días. Anda ponte algo seco y vamos a sacar al perro –
— ¡Vale! ¿Lo puedo llevar yo?—
—Claro, pero con las zapatillas – y tiro a la niña de una de sus trenzas
— ¡Papaaa! No me tires. No me gusta –

Y la niña se metió en la casa corriendo, dejándole con una gran sonrisa.